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Una migración hacia las relaciones
Los sistemas de inteligencia artificial conversacional y agéntica son el viraje definitivo, hasta que la tecnología decrete lo contrario, en el vínculo de los consumidores con los viejos medios de comunicación, o, como canta el León Benavente, con los viejos rockeros viejos. Vamos a por ello:
🚶🏽 La gran migración de los consumidores de información de los medios tradicionales a los sitios web, primero, a las redes sociales en internet, después, y a los chatbots de inteligencia artificial con su tono indulgente y su apariencia empática, ahora, se produjo en un periodo de 35 años, una breve fracción de tiempo respecto a las lentísimas transiciones de los consumidores y los medios de comunicación de masas en los recientes dos siglos desde la creación de la penny press, los periódicos de a centavo, en Estados Unidos, posible gracias a la imprenta de vapor, la expansión del comercio y el nacimiento de la publicidad dirigida a una población casi urbana en su totalidad que demandaba historias de la vida cotidiana, hasta la invención del cine, la radio y, posteriormente, la televisión y su masificación en los hogares.
Esa relación cambió desde la creación de la web. Los consumidores de noticias se apartan hoy de los medios tradicionales, aunque les reconocen todavía fuerza para imponer temas de conversación (agenda-setting) con poca influencia para moldear puntos de vista, y capacidad de legitimar fenómenos sociales entre generaciones, entre boomers y millennials, entre xers y centennials, digamos, y han roto la conexión que los unió a periódicos, radio (en menor medida) y televisión durante tantas eras geológicas para abrazar sin ambages unos nuevos sistemas de información que construyen relaciones auténticas, así sean paradójicamente artificiales, entre quien pide y la máquina algorítmica que espulga su caja negra y le da.
La creación de relaciones es clave, como lo ha sido desde el inicio de los tiempos: vínculos entre un proveedor y un consumidor que usa un servicio para lograr objetivos personales y comunitarios, conexiones que permiten pasar de la “audiencia de masas” que caracterizó la primera y larguísima etapa de los medios de comunicación tradicionales, de la manufactura casi industrial de un único producto que debía llegar a muchos (el contenido), a la relación del proveedor con un público formado por individuos concretos, no una “masa”, con necesidades específicas, agencia y soberanía, en un acuerdo de confianza mutua y la expectativa de que ambas partes sacan provecho, lo que visto a detalle revela un argumento de costura enclenque, como me explicaré más abajo.
- Tampoco estoy descubriendo el hilo negro: ya lo escribió Jeff Jarvis en 2014 en Geeks Bearing Gifts: Imagining New Futures for News (en español El fin de los medios de comunicación de masas), en donde aseguró que el contenido es solo una herramienta al servicio de las personas y no la mercancía final, y lo recalcó Adriana Amado en Las metáforas del periodismo (2021) mientras zarandeaba mitos en los que se funda ese oficio. En clave mexicana sugiero leer Panmedials. Los medios de la pandemia (2021) de Mauricio Cabrera.
La designación de ChatGPT como un motor de búsqueda bajo las leyes de la Unión Europea, con las responsabilidades y obligaciones que acarrea, es la confirmación de un servicio conversacional de inteligencia artificial, con apenas cuatro años en el mercado y una facturación publicitaria de 1,000 millones de dólares, que alcanza dimensiones inabarcables basadas en la relación que el chatbot genera con sus consumidores, quienes reciben a cambio una especie de afinidad, motivación, identificación y pertenencia y la sensación de sentirse escuchados y atendidos, un lazo íntimo que invita a ser cuidado, cultivado y robustecido, como el hermoso jardín del Cándido de Voltaire.
🐘 Relaciones como sinónimo de utilidad. Pocos medios tradicionales, y en la lista a estas alturas hay que incluir a los sitios web, de andares tan paquidérmicos, tienen la capacidad de provocar las relaciones con sus consumidores que imaginó Jarvis, del tipo Waze, por ejemplo, en las que el usuario entrega sus datos personales a cambio de un servicio de navegación en la ciudad, con la detección automatizada de las mejores rutas viales para llegar a nuestro destino (lograr nuestro objetivo) derivada del tratamiento de los datos personales de otros usuarios y hasta dinámicas de gamificación para informar de incidentes o daños en la infraestructura del camino y ayudar a los demás a lograr sus propios objetivos (llegar a su destino).
En esa dinámica más propia de plataformas tecnológicas que de medios de comunicación tradicionales, que arrastran sus lógicas y sus herencias particulares, sus usos y sus costumbres, se cocina una asimetría en la que el proveedor saca mayor provecho de los datos del consumidor que el propio consumidor, para reventa de la información personal con fines de publicidad y mercadotecnia o para entrenamiento de algoritmos y modelos de inteligencia artificial o en el peor de los casos para la manipulación con fines comerciales en el mejor de los casos.
- 🙃 En la asimetría se revela la enclenque costura del argumento de la agencia y la soberanía, del acuerdo de confianza mutua, que deslicé líneas arriba, frente a un consumidor que antes que nada desea el servicio que la plataforma le ofrece, porque el capitalismo es conveniencia y el cliente la quiere ya, sin dilaciones, y que solo si es necesario, cuando las cosas salgan mal, consultará las letras chiquitas (los términos y condiciones, la política de privacidad, las tablas de Moisés) y comprenderá que ya poco puede hacer para revertir lo que asumió supuestamente desde la agencia y la soberanía, en la manifestación agéntica del filtro burbuja cartografiado por Eli Pariser, Angelica Quicksey y Arnobio Morelix.
🚶🏽♂️ Lo que no acepta debate es que los consumidores de información estamos migrando a servicios que nos ofrecen relaciones, y su sinónimo: utilidad, y en ese tránsito muchos medios de comunicación tradicionales están viendo a sus masas partir para no volver.
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Sobre mí
Soy José Soto Galindo, periodista. Edité El Economista en línea, fui director de Medios del Inai y tengo una Maestría en Transparencia y Protección de Datos Personales (UdeG), con estudios en derecho de las telecomunicaciones (UNAM) y derecho de las tecnologías de la información (ITAM). Doy clases de periodismo de datos en la Universidad de Guadalajara y de comunicación en la Universidad Iberoamericana.
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