Hay una fusilería ruidosa detrás, como si toda la Favela hubiera entrado en guerra. El chiquillo no añade nada y João Grande piensa, una vez más, en la extraña manera del sertón, donde las gentes prefieren callar a hablar.— Mario Vargas Llosa

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La fotografía “400 yagunzos prisioneros” de Flávio de Barros, tomada el 2 de octubre de 1897, muestra a los últimos sobrevivientes de Canudos. Fuente: Acervo Museu da República https://brasilianafotografica.bn.gov.br/brasiliana/handle/20.500.12156.1/4860
La fotografía “400 yagunzos prisioneros” de Flávio de Barros, tomada el 2 de octubre de 1897, muestra a los últimos sobrevivientes de Canudos.

Me acabo de leer La guerra del fin del mundo, la novela que Mario Vargas Llosa publicó en 1981 sobre la guerra de Canudos, una matazón de meses en los sertones de Bahía durante la transición de Brasil de Imperio a República, y quedé fascinado.

Es la versión literaria de una calamidad provocada por la incomprensión, la pobreza, la falta de comunicación, las historias falsas, hoy conocidas con el anglicismo fake news, y las conspiraciones políticas entre monárquicos y republicanos que destruyó a finales del siglo XIX las vidas de cientos de fanáticos religiosos pastoreados por Antônio Conselheiro, que lo único que tenían eran miseria, dignidad y una sed enorme de esperanza en el territorio semiárido, caluroso y proclive a las sequías extremas del Nordeste brasileño, y la de otro generoso número de soldados y levados para defender la naciente República.

Llegué a esta novela gracias a esos maravillosos cruces que provoca la lectura de otros libros: el antropólogo Carlos Granés la menciona en el tercer ensayo de El rugido de nuestro tiempo, en el que disecciona la supuesta excepcionalidad de América Latina promovida por algunos santones políticos y culturales del subcontinente, la gugleé, me apareció el nombre del Conselheiro, recordé que había escuchado ese nombre en una canción de la Nação Zumbi del pernambucano Chico Science, por allá en los noventa, saqué la novela de la biblioteca de la Ibero y fui seducido, casi diría abducido como los conselheiristas por el Conselheiro, desde el primer enunciado:

«El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil».

La novela y su enorme catálogo de personajes, desde el Conselheiro y su némesis el coronel Moreira César, a los absurdos León de Natuba, una figurilla entre animal y humana que «parecía ir trotando entre los haraposos como trotan los caballos, las cabras, las acémilas», y el periodista miope, enfermo de estornudos, o el ex monarquista y todopoderoso barón de Cañabrava, dueño de la tierra y de un corazón humano, entre muchísimos otros tan caracterizados y llenos de vida, me robaron cualquier otro interés y durante tres semanas no hice otra cosa que leer y leer las 900 páginas de la edición de 2010 de Punto de Lectura y recorrer mil veces en Google Earth la geografía del interior de Bahía, en el nordeste brasileiro, de Queimadas a Monte Santo o de Juazeiro a Jeremoabo, y escuchar entrevistas y conferencias de Vargas Llosa para conocer la manera en que construyó la novela y por qué lo hizo y fui a mis librerías de viejo favoritas a buscar un ejemplar para hacerlo mío hasta que lo encontré, y de paso me compré el libro que inspiró a Vargas Llosa: Os Sertões, de Euclides da Cunha, que conocía de oídas pero que nunca me interesó hasta ahora.

Cadáver de Antônio Conselheiro encontrado en las ruinas de la Igreja Nova. Foto de Flávio de Barros de 1897 https://brasilianafotografica.bn.gov.br/brasiliana/handle/20.500.12156.1/4863
Cadáver de Antônio Conselheiro encontrado en las ruinas de la Igreja Nova. Foto de Flávio de Barros de 1897

Yo nada sabía de la épica del Conselheiro ni de la multitud de miserables que fue sumando a su séquito por su entrega del perdón del Padre y su promesa de alcanzar el Cielo, con la forma de consejos, incluidas algunas profecías apocalípticas sobre el inminente fin del mundo (el cambio de siglo), por supuesto:

«Daba sus consejos al atardecer, cuando los hombres habían vuelto del campo y las mujeres habían acabado los quehaceres domésticos y las criaturas estaban ya durmiendo. Los daba en esos descampados desarbolados y pedregosos que hay en todos los pueblos del sertón, en el crucero de sus calles principales y que se hubieran podido llamar plazas si hubieran tenido bancas, glorietas, jardines o conservaran los que alguna vez tuvieron y fueron destruyendo las sequías, las plagas, la desidia. Los daba a esa hora en que el cielo del norte del Brasil, antes de oscurecerse y estrellarse, llamea entre coposas nubes blancas, grises o azuladas y hay como un vasto fuego de artificio allá en lo alto, sobre la inmensidad del mundo. Los daba a esa hora en que se prenden las fogatas para espantar a los insectos y preparar la comida, cuando disminuye el vaho sofocante y se levanta una brisa que pone a las gentes de mejor ánimo para soportar la enfermedad, el hambre y los padecimientos de la vida».

El Conselheiro insufló aliento a unos hambrientos y haraposos peones y campesinos, vaqueros, curtidores y herreros, esclavos libertos y cimarrones, marginales y bandoleros redimidos y hasta a una filicida convertida en la Madre de los Hombres y superiora de las beatas que lo cuidaban, porque «no hay crimen que el Padre no pueda perdonar». Y algunos se volvieron apóstoles o siervos de Dios y todos estuvieron dispuestos a pelear con hondas, cuchillos, machetes y otras armas artesanales y morir por el Conselheiro y por Canudos, la hacienda del barón de Cañabrava que ocuparon para formar ahí su comunidad de cristianos puros que rechazó las instituciones de la nueva República, como el matrimonio civil, el censo, los impuestos o el sistema métrico que habrá de sustituir la obstinada costumbre de usar las varas, porque, advirtió el Ángel, «el Anticristo estaba en el mundo y se llamaba República».

Portada de la primera edición de La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa (Seix Barral, 1981).
Portada de la primera edición de La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa (Seix Barral, 1981).

Sobre todo en la primera parte de La guerra del fin del mundo, que cuenta el peregrinar del Conselheiro por los pueblos de la caatinga antes de establecerse en Canudos, no pude quitarme de la cabeza el territorio desértico, árido y hostil que retrató Cormac McCarthy en Meridiano de sangre, en la frontera entre Estados Unidos y México, convertido también en protagonista del relato. Escribe Vargas Llosa:

«En el camino de gargantas de piedra y caatingas erizadas de cactos, desiertos donde ululaba el viento en remolinos, caseríos que eran una sola calle lodosa y tres palmeras y pantanos pestilentes donde se sumergían las reses para librarse de los murciélagos, María Quadrado había dormido a la intemperie, salvo las raras veces en que algún tabareú o pastor que la miraban como santa le ofrecían sus refugios. Se había alimentado de pedazos de rapadura que le daban almas caritativas y de frutos silvestres que arrancaba cuando, de tanto ayunar, la crujía el estómago».

Vista parcial del sur Canudos. Foto de Flávio de Barros de 1897 https://brasilianafotografica.bn.gov.br/brasiliana/handle/20.500.12156.1/4831
Vista parcial del sur Canudos. Foto de Flávio de Barros de 1897

Los conselheiristas recibieron la embestida de cuatro misiones militares para acabar con su rebelión y someterlos al designio de la República, la siguiente más numerosa y mejor armada que la anterior. Derrotaron a las tres primeras, con un poco de ayuda del «calor, las espinas y el polvo» de la caatinga, antes de practicar una larga y desgastante guerra de guerrillas contra la última expedición del general Artur Oscar, que dejó muertos en todos los frentes, y un asedio contra Canudos que agudizó el aspecto de zombis de sus habitantes hasta su exterminio.

En fin, quise escribir este largo comentario sobre La guerra del fin del mundo para recomendarte la novela y asegurarte que cada página es espectacular y que vale la pena sumergirse en esa historia de esa región en la que el baiano Tom Zé vio «el cordero de Dios en un huevo vacío» y de la que otro baiano, Caetano Veloso, celebró «el cielo, el aire y el azul del azul de ese mar y de esa tierra interior interminable donde el corazón se inundó».

El peruano Mario Vargas Llosa ganó el Premio Nobel de Literatura en 2010. Murió en 2025.

Vargas Llosa en Bahía en 1979. Foto de Arlete Soares
Vargas Llosa en Bahía en 1979. Foto de Arlete Soares

Editorial: Punto de Lectura. Año: 2010. Género: Novela. Comprar en Amazon la edición de 2015 de Debolsillo

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Sobre mí

Soy José Soto Galindo, periodista. Edité El Economista en línea, fui director de Medios del Inai y tengo una Maestría en Transparencia y Protección de Datos Personales (UdeG), con estudios en derecho de las telecomunicaciones (UNAM) y derecho de las tecnologías de la información (ITAM). Doy clases de periodismo de datos en la Universidad de Guadalajara y de comunicación en la Universidad Iberoamericana.

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