Me cambiaba de nombre en cada nuevo destino, y ni siquiera a los que fueron amables conmigo les perdoné el defecto de tener sangre viva corriendo por las venas.— Marina Yuszczuk
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😱 ¡Que cunda el pánico! El apocalipsis por inteligencia artificial recuerda lo sucedido en la guerra de las corrientes de finales del siglo XIX entre Thomas Alva Edison y George Westinghouse para influir en el diseño de leyes que beneficiasen a una u otra de sus compañías de electricidad. Si seré el monopolio, ¡que sea bajo mis propias reglas!
Es un poco lo que ocurre hoy con los doomers o catastrofistas de la inteligencia artificial, evangelistas que predican un fin del mundo inminente provocado por la nueva tecnología para presionar por una regulación pública a modo.
🍆 Tienen (algo de) razón y quizá hasta debamos agradecerles la atención mediática que lograron estos días, para ver si eso se agiliza el diseño de política pública para imponer salvaguardias antes de que esta tecnología se instaure como modelo económico y herramienta para hacer todas las cosas.
Las consecuencias de no hacerlo antes pueden ser muy graves en el empleo, la educación, la salud, el medio ambiente, el consumo de recursos naturales (agua, energía, minerales) y, por supuesto, la seguridad global.
- ¿Moriremos todos? Sí, es la ley de la vida, lo que no sabemos es ni cuándo ni si ocurrirá por otra pandemia, Trump, una nueva guerra mundial o el desgaste inexorable de nuestros cuerpos.
Cuando el doomer dice “Quienes están construyendo la IA creen sinceramente que podría matarnos a todos antes de que acabe la década”, conecta con nuestros peores temores y con una prensa ansiosa de noticias espectaculares que se replican sin mucho contexto.
- Una alumna de mi clase en la Ibero se mostró destruida: “¡No llegaré a los 30!”, dijo el lunes al grupo, convencida de que el fin del mundo es mañana y nada puede evitarlo.
🧨 Los catastrofistas lograron suficiente atención para las profecías que circulan en su mundillo con el concepto de p(doom): un cálculo sobre la probabilidad estimada de que la inteligencia artificial provoque la gran catástrofe… o la extinción humana. (Sugiero el libro El imperio de la IA, de Karen Hao).
Al coro contribuyeron los principales inventores de la tecnología en Estados Unidos: Dario Amodei de Anthropic (el mayor doomer de todos), Sam Altman de OpenAI, Elon Musk de xAI, Demis Hassabis de Google DeepMind.
- Todos pidieron una regulación pública sin comprometerse a dar el primer paso de autorregulación. O contención, que sería una palabra más precisa.
- 🤪 Nadie quiere ser el único loco actuando con ética y prudencia: mejor que el gobierno nos regule a todos juntos, pero con las reglas de nuestro consenso oligopólico.

🪫 En la guerra de las corrientes, Edison usó la propaganda para desprestigiar a la Westinghouse Electric y difundir la percepción de que las tecnologías de la Edison Electric eran más seguras.
- Instrumentalizó accidentes mortales vinculados con la corriente alterna que usaba la Westinghouse, electrocutó a una elefante malportada frente a la cámara de los Edison Studios, faltaba más, y desarrolló la silla eléctrica para demostrar que los trabajos de su competidor solo traerían desgracia y calamidad.
Fue la economía lo que definió al ganador: el gobierno adoptó una regulación que satisfizó la tecnología de Westinghouse, que tenía empleado al ingeniero Nikola Tesla, por ser más barata y demostrar que la regulación, el orden y las salvaguardias funcionaban.
La ventana de oportunidad para regular la inteligencia artificial es ahora, cuando el desarrollo de esta tecnología está en marcha y su masificación y adopción apenas se está produciendo.
Y no lo digo yo, que apenas sé de estas cosas: estoy citando al politólogo Langdon Winner, quien en 1980 describió la urgencia de comprender rápido las nuevas tecnologías y diseñar políticas públicas para ajustarlas a los propósitos sociales o rechazarlas:
«Lo que llamamos “tecnologías” son los modos de ordenar nuestro mundo. Muchas invenciones y sistemas técnicos importantes en nuestra vida cotidiana conllevan la posibilidad de ordenar la actividad humana de diversas maneras. Conscientemente o no, deliberada o inadvertidamente, las sociedades eligen estructuras para las tecnologías que influyen sobre cómo van a trabajar las personas, cómo se comunican, cómo viajan, cómo consumen… a lo largo de toda su vida. […]
«Con diferencia, el mayor margen de elección existe la primera vez que se introduce un instrumento, sistema o técnica en particular. Dado que las decisiones de adopción tienden a arraigarse firmemente en el equipamiento, la inversión económica y los hábitos sociales, la flexibilidad inicial desaparece a todos los efectos prácticos una vez que se han asumido los compromisos iniciales».
La traducción es mía. Lee en inglés el ensayo Do Artifacts Have Politics? de Winner.
El gobierno debe intervenir ya, pero no únicamente el gobierno de Estados Unidos, encabezado por un aceleracionista de la IA, el grupo de pensamiento contrario a los doomers y que ven el desarrollo de la tecnología como un imperativo moral que debe acelerarse a máxima velocidad.
Hablo de Estados Unidos, la Unión Europea, Reino Unido y China, encabezando a los países BRICS, como los principales polos económicos y de influencia política con capacidad de crear consejos coordinadores integrados por gobiernos, científicos, académicos, sector privado y comunidades para fijar las reglas.
- Incluso pienso que México puede contribuir de manera positiva en esa historia, más allá del arrebato frenético por manufacturar máquinas y hospedar centros de datos, o precisamente por ese arrebato que nos da como país un lugar en la cadena de suministro.
Suena a utopía, al igual que mi deseo por detener la estúpida carrera armamentista propiciada por la guerra de Rusia en Ucrania y la desatinada política exterior estadounidense. Pero creo que es posible. Y hay que hacerlo ya.
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Sobre mí
Soy José Soto Galindo, periodista. Edité El Economista en línea, fui director de Medios del Inai y tengo una Maestría en Transparencia y Protección de Datos Personales (UdeG), con estudios en derecho de las telecomunicaciones (UNAM) y derecho de las tecnologías de la información (ITAM). Doy clases de periodismo de datos en la Universidad de Guadalajara y de comunicación en la Universidad Iberoamericana.
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