Aunque lo que dicen no es, con que lo aseguren basta.— Refrán mexicano
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🍐 Economicón: haciendo simple la información complicada.
Prefacio. Un lector de Economicón me permitió publicar la siguiente fábula satírica a propósito de los escándalos en el mundo literario por el supuesto uso de inteligencia artificial para escribir cuentos y novelas que, después de premiados por jurados con prestigio o publicados por editoriales de renombre, alguien, que supongo se asume como la nueva policía de la escritura anti-IA, copia y pega en una máquina de bulos llamada Pangram, que según su mercadotecnia detecta la literatura sintética con una exactitud de 99% a 99.999% (deja que me ría un poco antes de continuar 😂), para denunciar la presunta deshonestidad del autor o la autora sin más pruebas ni argumentos que el resultado de la máquina que ha dado por algorítmicos fragmentos de las escrituras de Frankenstein o Cien años de soledad. Así nomás, porque se puede. Ahora paso a lo prometido, con este “texto hecho con IA, que satiriza sobre los textos hechos con IA y sobre los que detectan los textos hechos con IA”, según explicó mi lector. ¡Gracias! ¡Y a tu musa sintética, también!
La ventanilla de Delfos
Las musas dejaron de inspirar y empezaron a dictar. A cualquiera que las invocara. Los sofistas lo llamaron poesía generativa; los poetas, competencia desleal. Grecia se llenó de elegías sintéticas, los mecenas pagaban talentos por versos de un óbolo y los jueces de los Juegos Píticos temían coronar a una musa.
Para salvar el laurel —y cobrar la consulta—, los sacerdotes de Delfos abrieron una ventanilla junto al templo: «Detección de inspiración. Precisión del 99.98%, según nosotros».
La Pitia, sentada en su trípode, aspiraba los vapores, medía la perplejidad de cada verso y buscaba señales de las musas: epítetos excesivos, tríadas solemnes y giros que ningún mortal escribiría sin ayuda divina, como «No es un escudo, es un mundo».
El primero en acudir fue Filemón de Tebas, empeñado en demostrar que su elegía era suya.
—Setenta y ocho por ciento musa —dictaminó la Pitia—. Diecisiete, asistido por musa. Cinco, Filemón.
—¡Imposible! ¡Solo le pagué a mi primo para que la puliera!
—El oráculo es un modelo probabilístico —replicó el sacerdote—. No dice quién invocó a quién; dice lo que dice.
Esa tarde, el fundador de la ventanilla pregonó el dictamen en el ágora. Antes de la cena, Filemón había perdido a su mecenas.
Pronto llegaron los falsos positivos. Un decreto de pesas y medidas de Corinto resultó 97% Erato. Los estadísticos del Museo de Alejandría comprobaron que el oráculo erraba mucho más de lo anunciado, aunque menos que el de Dodona, que consultaba robles.
Calíope bajó del Parnaso para aclarar que las musas sí dejaban una marca de agua castalia, oculta en los sinónimos y legible solo con una clave que custodiaba Apolo. El dios atendía a magistrados y estudiosos autorizados. A los poetas, no.
—¿Y si reescribo mi elegía? —preguntó Filemón.
—Borrarás la marca —respondió Calíope—. Y quizá la elegía.
Los epigramas, por breves, tampoco admitían veredicto. Y el Catálogo de las naves salió limpio pese a invocar a las musas: entre tantos nombres propios, apenas había sinónimos que marcar.
Desesperado, Filemón regresó al trípode.
—¿Cómo demostrar que mis versos son míos?
La Pitia aspiró profundamente.
—Si publicas, caerá un gran poeta.
Publicó. Cayó él. El oráculo, naturalmente, había acertado.
Desde entonces, los sacerdotes resumen así su método:
lo malo es tuyo; lo bueno, sospechoso.
P. D. Esta crónica lleva marca de agua: la redactaron un oráculo y una petición humana, inspirada —esta vez sí— por una musa. Pregúntenle a Apolo, si los atiende.
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Sobre mí
Soy José Soto Galindo, periodista. Edité El Economista en línea, fui director de Medios del Inai y tengo una Maestría en Transparencia y Protección de Datos Personales (UdeG), con estudios en derecho de las telecomunicaciones (UNAM) y derecho de las tecnologías de la información (ITAM). Doy clases de periodismo de datos en la Universidad de Guadalajara y de comunicación en la Universidad Iberoamericana.
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