Por mucho que las calculadoras te faciliten las operaciones complicadas, pues está bien saber las cuatro reglas aritméticas básicas. Entre otras cosas, para que no te engañen.— Fernando Savater

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David Silva Rojas, autor de Donde el agua trabaja, novela publicada por la editorial mexicana Almadía.
David Silva Rojas, autor de Donde el agua trabaja, novela publicada por la editorial mexicana Almadía.

👮🏽 Pangram, una herramienta de inteligencia artificial que supuestamente detecta con exactitud bárbara la escritura algorítmica, sintética, se ha vuelto una máquina de juicios sumarísimos en la literatura y el mejor instrumento para colgar sambenitos. El problema, en todo caso, no sería el uso de la inteligencia artificial en la creación literaria, sino el copy-paste que achate, que aplane, que homogeneice la escritura y la creatividad, que gentrifique el pensamiento y la inventiva y haga que todo suene igual, sin corazón, sin innovación, sin ruptura. Mediocre, pues, como cafés instagrameables de Tokio o la Condesa.

La polémica más reciente la protagoniza el escritor peruano David Silva Rojas, cuya novela Donde el agua trabaja fue premiada por un jurado de escritoras brillantes: la mexicana Cristina Rivera Garza, la argentina Selva Almada y la ecuatoriana Mónica Ojeda, publicada por Almadía, una editorial independiente de prestigio internacional, y señalada en un artículo periodístico de El País de contener “un 99% de texto generado por una IA, según Pangram”. Lo curioso es que la escritora Alma Delia Murillo probó con un fragmento de Frankenstein, la novela de Mary Shelley de 1818, y Pangram dedujo que 74% estaba escrito con IA, y antes el escritor Jorge Carrión probó con un fragmento de Cien años de soledad, la novela de 1967 del premio Nobel Gabriel García Márquez, y el veredicto de Pangram fue “100% de IA”.

Pangram es una herramienta de análisis que como dice una cosa dice otra y cuyos algoritmos son una caja negra, sin auditoría pública ni transparencia plena, más allá de los estudios que realiza la propia Pangram como lavado de cara para validar sus resultados con sus propios datos.

“Nos preocupa un escenario en el que confiemos a las máquinas la producción de textos y la autoridad definitiva para juzgar su procedencia. Los detectores pueden aportar información, pero sus resultados requieren interpretación y contraste, en especial, cuando están en juego la trayectoria de una persona y la confianza de los lectores”, dijo la editorial Almadía en un comunicado tras la acusación de El País contra la novela de Silva Rojas.

🎰 ¿Te imaginas un escenario de máquinas juzgando máquinas, sin derecho a la explicación ni a entender cómo se tomó la decisión, sin derecho de réplica, sin garantía de debido proceso? Ahí nos tienen los defensores de Pangram y otras máquinas para colgar sambenitos literarios. Quizá la novela de Silva Rojas sí tenga inteligencia artificial por algún lado o esté escrita, toda o en partes, con alguna herramienta de texto predictivo, pero lo sano es esperar el veredicto, conocer la posición de las integrantes del jurado, oír la opinión de los expertos en lingüística o gramática o quien deba intervenir para llegar a la verdad.

Pangram es una “máquina de la difamación”, como la llamó The Wall Street Journal en un artículo de abril de James Taranto, su editor de Opinión. Taranto mostró que la herramienta arroja resultados contradictorios, con niveles de “confianza media”, aunque la mercadotecnia de la empresa considere que su producto detecta la literatura sintética con una exactitud de 99% a 99.999%.

  • 🤨 Los defensores de Pangram dirán que la herramienta “no es infalible” y que “en textos largos es mucho más estable” (El País) o zanjarán la polémica con tremenda ligereza diciendo que “Pangram no siempre acierta” y que “es posible que los usuarios tampoco la utilicen correctamente” (The New York Times).
  • Lo que tampoco invalida lo contrario: que Pangram es un espejismo, que vende humo y que ayuda a destruir reputaciones como estrategia de marketing.

No defiendo la escritura con IA generativa. Critico la facilidad con que se cuelga el sambenito en este periodo transicional entre el antiguo régimen sin IA y la cosa epocal que esté por venir.

  • Porque una cosa es inevitable: la IA va a estar ahí, a disposición de quien la quiera usar, la sepa usar y la pueda pagar.

La literatura, como el resto de las artes, es un asunto donde la originalidad humana es uno de sus principales ingredientes y que el uso o abuso de la inteligencia artificial generativa en la confección de obras que se esperan como productos de la mente, el alma y el corazón humanos puede representar una práctica ilegítima o incluso fraudulenta. Pero insisto: la IA está ahí y será usada de una u otra manera

📚 La premio Nobel de Literatura Olga Tokarczuk calificó las herramientas de inteligencia artificial como una “ventaja de proporciones increíbles”, hasta que se le vinieron encima los esbirros, como cazadores de impurezas, y tuvo que matizar sobre su propia obra: “No escribí mi próximo libro —que se publicará en otoño de 2026 en polaco— ni con IA ni con la ayuda de nadie. Llevo varias décadas escribiendo sola”.

Hoy nos escandaliza la IA en la literatura como nos escandalizó la calculadora en los años ochenta entre los estudiantes. Mañana nadie se lo va a preguntar y nadie lo va a notar, primero porque los sistemas mejoran a velocidad warp, como hemos verificado en apenas cuatro años desde el lanzamiento público de ChatGPT, y porque la creación literaria irá encontrando formas de trabajar con la IA sin delegar en la IA.

  • 🚫 Y quizá hasta los premios de literatura tendrán que modificar sus criterios de selección y asignación más allá de la advertencia “Prohibido usar inteligencia artificial”.

Por eso la máquina de bulos llamada Pangram trabaja a marchas forzadas para llenar la caja y celebra cualquier publicación de prensa, mientras más señera mejor, que la posicione como la principal herramienta para detectar la supuesta escritura sintética, porque cuando llegue el día en que la calidad técnica de la IA sea indistinguible del trabajo humano medianamente bien hecho y cuando su uso se incorpore definitivamente como otra herramienta en la cotidianidad de cualquier profesión, a Pangram se le acabará su negocio.

“No me avergüenza [decir que uso IA]… Ahora escribo todo usando inteligencia artificial por la misma razón que uso una calculadora cuando resuelvo problemas matemáticos”, reviró el billonario financiero Stanley Druckenmiller cuando se supo que usó IA en un artículo que publicó en el Journal en agosto.

La letra escarlata. La policía de la escritura anti-IA es más una “obsesión por perseguir el origen” que por calificar la aportación o el valor artístico de la obra que se pone en duda, opinó el escritor mexicano Jorge Volpi a propósito de Pangram y otras herramientas con algoritmos diseñadas para cazar algoritmos. Dudamos de la forma (el origen), sin llegar a discutir el fondo, que incluye necesariamente la expresión humana plasmada en la obra literaria, pero ya sabemos que en los tiempos del tribunal de la opinión pública lo que importa es linchar.

“Tal vez ha llegado la hora de cimbrar de nuevo los límites de la autoría, como hicieron tantos escritores en el pasado, de Breton a Barthes. De este modo, podríamos dejar de invertir ingentes recursos en exhibir el origen artificial de un texto para centrarnos en evaluar los logros concretos de la tensión creativa que puede producirse en el trabajo crítico entre las máquinas y los humanos”, escribió Volpi en Reforma.

😉 Ah, por cierto, cuando Tokarczuk habló de la inteligencia artificial durante su participación en Impact Poznań, en mayo, también dijo esto:

“Al mismo tiempo, tengo un sentimiento de duelo profundo, muy humano, por una era que se desvanece para siempre. Me parte el corazón ver cómo desaparece la literatura tradicional: obras gestadas durante meses en la soledad, fruto del trabajo de toda una vida, concebidas en la mente de un individuo concreto y plenamente consciente. Siento una pena inmensa por Balzac, Cioran y el inimitable Nabokov, pues a pesar de mi propio entusiasmo, no creo que ningún chatbot pueda llegar jamás a expresarse con un refinamiento tan exquisito”.

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Sobre mí

Soy José Soto Galindo, periodista. Edité El Economista en línea, fui director de Medios del Inai y tengo una Maestría en Transparencia y Protección de Datos Personales (UdeG), con estudios en derecho de las telecomunicaciones (UNAM) y derecho de las tecnologías de la información (ITAM). Doy clases de periodismo de datos en la Universidad de Guadalajara y de comunicación en la Universidad Iberoamericana.

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