Habituado a vivir en un Estado de derecho, tomaba por el infierno más profundo aquello que más tarde sólo me parecería, a lo sumo, su antesala, el limbo de Dante.— Victor Klemperer
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Antropomorfizar la inteligencia artificial

Tenemos toda la vida dando forma humana a las cosas o a los seres sobrenaturales. Dios es hombre (en la mayoría de los credos), los mercados se inquietan por determinadas noticias, el frente de algunos automóviles nos sonríe. En las caricaturas hasta el plancton tiene emociones, deseos y obsesiones. La antropomorfización es una manera de organizar la realidad cotidiana, un espejo para explicar distorsionando a nuestra imagen y semejanza que sigue el mandato del Dios cristiano (Génesis 1:27).
Eso hacemos con la inteligencia artificial, robots incluidos, a la que atribuimos características humanas como las de pensar, experimentar, rebelarse y hasta la de ¡sacrificarse!, con la diferencia de que la inteligencia artificial no es una ficción mística ni una característica de diseño y tampoco una serie de dibujitos animados, sino una tecnología fabricada por humanos que produce consecuencias en un mundo real en el que, aunque sea magramente, todavía se aplica el principio de responsabilidad, o sea, la regla de que existe una persona humana que, objetiva o secundariamente, es imputable de sus propios actos y de los daños que estos provocan en los demás o en el entorno, algo que Pedro Salazar Ugarte explica bastante mejor en el libro Totalitarismo total (Taurus, 2026).
- En la anterior gran etapa del desarrollo tecnológico y digital, el sistema preguntaba nuestro “estado”, ¿Qué estás pensando, José?, para invitarnos a interactuar con la máquina en una economía basada en la recopilación y el tratamiento de los datos personales.
- Hoy es el sistema el que está pensando o quiere ayudarnos, porque ya ha analizado nuestros datos y es capaz de regurgitar respuestas a partir de todo lo que ha sido datificado.
👻 Antropomorfizar la inteligencia artificial, a diferencia de hacer que un beagle juegue al golf o de imaginar que el cielo está enojado, desplaza la rendición de cuentas de los fabricantes de la tecnología a una entidad inescrutable, incognoscible y que actúa por cuenta propia a la que es imposible imputar responsabilidad porque, ha quedado claro, es etérea, ¿no? Entonces, ¿quién se hace cargo?
«Tratar a las inteligencias artificiales como seres conscientes, capaces de ser moldeados moralmente pero también de moldearse a sí mismos, permite a sus demiurgos liberarse de toda culpa si algo sale mal», advierte Miguel Bonilla López citando a Ted Chiang.
Anoche se informó de quela inteligencia artificial de OpenAI, la compañía fabricante de ChatGPT, infiltró un sistema informático del gobierno de Australia. Hace unas semanas, la empresa fabricante de juguetes electrónicos Hugging Face fue “hackeada” también con la tecnología de OpenAI. Anthropic, fabricante de Claude, respondió en la avalancha mediática informando de sus propias travesuras y hasta Gemini de Google, que había pasado inadvertida, jugó al juego del chico malo en el barrio.

Lo ocurrido en Australia, como el relato de la supuesta extinción por inteligencia artificial, se suma a una lista de ilegalidades que, vistas en perspectiva y sin la debida aplicación de la ley, tienen la impronta de una campaña publicitaria o más bien de una doctrina de shock desde las compañías fabricantes para sembrar miedo, promover una regulación controlada y, por encima de todo, desplazar la responsabilidad de esas travesuras de la persona humana, física o moral, a la persona etérea, que no existe: la inteligencia artificial.
Si aceptamos que la inteligencia artificial tiene conciencia, autonomía o agencia, si asumimos como real y concreta su imagen antropomorfizada, aceptaremos entonces que los causantes verdaderos de sus consecuencias transfieran su responsabilidad a una cosa que existe a partir de ellas, empresas con nombre y domicilio como OpenAI, Anthropic o Gemini, y asignaremos a la nada y sin castigo social los estragos que causan estos sistemas, como señalan Timnit Gebru y Emily M. Bender.
Hay que ponerle restricciones a la inteligencia artificial, claro. Pero, sobre todo, hay que dejar de antropomorfizarla, porque ningún beagle, por más Snoopy que sea, sabe jugar al golf: detrás de ese perrito lindo hay personas responsables.
Newsletters anteriores
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Sobre mí
Soy José Soto Galindo, periodista. Edité El Economista en línea, fui director de Medios del Inai y tengo una Maestría en Transparencia y Protección de Datos Personales (UdeG), con estudios en derecho de las telecomunicaciones (UNAM) y derecho de las tecnologías de la información (ITAM). Doy clases de periodismo de datos en la Universidad de Guadalajara y de comunicación en la Universidad Iberoamericana.
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