Ya casi, ya casi. En lo que llega la hora, te traigo el cuarto propio de Virginia Woolf.
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Pero Jane Austen se alegraba de que chirriara un gozne antes que alguien entrara.— Virginia Woolf
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Un cuarto propio, de Virginia Woolf

La premisa central de Un cuarto propio parece muy sencilla: “Para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio”, pero es la columna para situar el foco sobre una verdad estructural: las mujeres han enfrentado retos ciclópeos para, primero, poder escribir (instrucción, experiencia, recursos, ocio, libertad) y para, segundo, que su obra llegue a los lectores.
Y, como si no fuera ya en un programa muy por encima de cualquier cosa, Un cuarto propio de Virginia Woolf es un precioso libro sobre el alma y los demonios de la creación.
Fue publicado en 1929 e integra en una sola disertación las conferencias que la escritora dictó en la Universidad de Cambridge un año antes.
Es una obra que sigue produciendo conversación e influencia. La mexicana Olivia Teroba, por ejemplo, publicó el ensayo autobiográfico Dinero y escritura (Sexto Piso, 2024), Lucía Melgar sacó En busca de una habitación propia (Grano de Sal, 2024), sobre 11 escritoras latinoamericanas, y Ave Barrera, en el prólogo de la reedición de El lugar donde crece la hierba (UNAM, 2019), la novela de Luisa Josefina Hernández, se preguntó: “¿Puede una mujer —una mujer pobre— ser dueña de sí misma? ¿Puede una mujer pobre aspirar a ser dueña de su propio deseo?”, que en el fondo remite a la pregunta original Woolf: ¿puede una mujer hacer florecer su don si no cuenta con los recursos y el tiempo —para educarse, para pensar, para viajar, para practicar— que se lo permitan?
Un cuarto propio es una panorámica de la historia de la literatura escrita por mujeres y de las condiciones sociales que permiten —o no— a las mujeres desarrollar su talento:
“Porque el genio de Shakespeare no nace de gente de trabajo, ineducada y servil. No nació en Inglaterra entre los sajones y los britanos. No nace hoy entre la clase obrera. ¿Cómo, entonces, pudo haber nacido entre mujeres cuyo trabajo empezaba, según el profesor Trevelyan, casi antes de abandonar la nursery y al que estaban forzadas por sus padres y por todo el poder de la ley y el hábito?”, dice Woolf.
El genio, en pocas palabras, no nace en el vacío, sino que requiere de un terreno fértil que históricamente se le ha negado a las mujeres.
Dejo esta cita enorme porque me parece una muestra clara de la profundidad y el alcance del ensayo de Woolf:
Aphra Behn demostró que se puede ganar dinero escribiendo, mediante el sacrificio, tal vez, de ciertas cualidades agradables; y así gradualmente el hecho de escribir adquirió una importancia práctica, dejó de ser un mero síntoma de idiotez o de una mente trastornada. Un marido podía morir, o la familia sufrir un desastre. Cientos de mujeres empezaron, al acercarse el siglo dieciocho, a aumentar su pensión de alfileres, o a sostener sus familias haciendo traducciones o escribiendo las innumerables malas novelas que ya no se recuerdan ni en los libros de texto, pero que pueden encontrarse en los puestos de libros viejos en el Charing Cross Road. La gran actividad intelectual que las mujeres revelaron hacia fines del siglo dieciocho —las conversaciones, las asambleas, la escritura de ensayos sobre Shakespeare, las traducciones de los clásicos— se funda en el hecho de que las mujeres podían hacer dinero escribiendo. El dinero da valor a lo que impago es frívolo. Todavía podían burlarse de la “bas bleu con un prurito de borronear”, pero era indiscutible que esta llenaba su bolsa. Así, a fines del siglo dieciocho se operó un cambio, que de estar yo reescribiendo la historia, lo estudiaría más prolijamente, considerándolo de mayor importancia que las Cruzadas o las Guerras de las Rosas. La mujer de la clase media empezó a escribir.
Porque si Pride and Prejudice cuenta, y Middemarch y Villette y Wuthering Heights cuentan, entonces cuenta mucho más que lo que puedo demostrar en una conferencia de una hora, el hecho de que mujeres de todas clases escribieran y no simplemente la aristócrata solitaria encerrada en su casa de campo entre sus adulones y sus infolios. Sin esas precursoras, Jane Austen y las Brontë y George Eliot no hubieran escrito, como no lo hubiera hecho Shakespeare sin Marlowe, o Marlowe sin Chaucer, o Chaucer sin aquellos poetas olvidados que trazaron el camino y domesticaron la rudeza natural del idioma. Porque las obras maestras no nacen aisladas y solitarias; son el producto de muchos años de pensar en común, de pensar en montón, detrás de la voz única, de modo que ésta es la experiencia de la masa. Jane Austen debió depositar una corona en la tumba de Fanny Burnel, y George Eliot rendir homenaje a la sombra robusta de Eliza Carter —la vieja valerosa que ató una campana a la cabecera de su cama, para despertarse temprano y aprender griego. Todas las mujeres juntas debieran cubrir de flores la tumba de Aphra Behn, que está, con escándalo pero muy justicieramente, en Westminster Abbey, pues ella fue quien les ganó el derecho de decir lo que piensan. Ella es —enamorada y sospechosa como era— la que esta noche me permite decirles sin que sea del todo fantástico: Ganen con su talento quinientas libras esterlinas por año.
Una habitación propia de Virginia Woolf es una invitación a criticar condiciones en contra de las mujeres que continúan vigentes a un siglo de publicado el ensayo, sin “malgastar” el tiempo en enojo y amargura, sin ensuciar la obra individual en “vicio entreverado en zarzas” para, citando a otra mexicana: Rosario Castellanos, romper “los modelos que la sociedad le propone y le impone para alcanzar su imagen auténtica y consumarse —y consumirse— en ella”.
- Editorial: Colofón. Año: 2019. Género: Ensayo. Comprar en Amazon
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Sobre mí
Soy José Soto Galindo, periodista. Fui director de Medios del Inai, edité El Economista en línea y tengo una Maestría en Transparencia y Protección de Datos Personales, con estudios en derecho de las telecomunicaciones y de las tecnologías de la información. Doy clases de periodismo de datos en la Universidad de Guadalajara.
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