Estamos en una crisis mundial, una pandemia que se ha expandido a una velocidad sin precedentes. Hoy se cumplen 126 días de la declaración de la OMS. Y quienes hemos tenido la fortuna de mantener nuestros empleos tuvimos que adaptar nuestra forma de trabajar. La oficina no desapareció, se mudó al corazón de nuestros hogares. Read More

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Mi esposa y yo cumplimos una semana trabajando desde casa. Vivimos a piedra y lodo contra el nuevo coronavirus (Covid-19), por lo que suspendimos la ayuda con el trabajo doméstico. Hemos aprendido muchas cosas. La primera: que la nana de nuestra hija merece una capilla en la Basílica de San Pedro.

Creíamos conocer toda la carga de trabajo que hacía la nana cuidando a nuestra hija de un año, pero hoy que hemos asumido total responsabilidad descubrimos que estábamos equivocados. En nuestra defensa: durante su jornada laboral, la nana sólo tiene una obligación, nosotros tenemos dos.

El trabajo a distancia (home office) no es cosa fácil: hay que lidiar con muchísimas circunstancias previstas y no previstas, como de infraestructura (energía eléctrica, conexión a internet, teléfono), de espacio físico y de apeñuscamiento familiar. Pero sobre todo hay que asumir que el home office significa la ejecución de por lo menos dos trabajos: el que paga y el doméstico.

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