Ilustración original de Nayely Tenorio.

Twitter es un hervidero social, un caldero con grasa requemada que inflama sólo con mirarlo. En Twitter hay pocas posibilidades de quedar fuera de la negatividad, de los ataques de odio y de la desinformación, al mismo tiempo que nos lleva a un círculo de contenido que refuerza nuestras ideas y prejuicios y nos aísla en nuestra propia visión del mundo, como concluye Eli Pariser en su libro El filtro burbuja: Cómo la web decide lo que leemos y lo que pensamos (2017).

La combinación de soledad y negatividad sólo puede traer hartazgo, enojo y depresión.

Buena parte del problema de Twitter radica en los propios usuarios de la plataforma y la selección que hacen de personas y entidades a las cuales seguir. Pero hay mucho más que eso. Twitter combustiona con el contenido negativo, que es lo que engancha a los usuarios para seguir consumiendo la plataforma, y por lo tanto la negatividad fluye en esa red social con mayor facilidad que otro tipo de contenido.

Agreguemos a la coyuntura de la opinión pública el periodo electoral que vive México. En junio se disputarán 20,868 cargos de elección popular en las 32 entidades del país, incluidas 15 gubernaturas, 500 diputados federales, cientos de diputaciones estatales, ayuntamientos y alcaldías. Se calcula que los ciudadanos con acceso a los medios de comunicación serán objeto de una avalancha de 41.5 millones de spots de partidos políticos y autoridades electorales. Más lo que se pueda de la mañanera del presidente López Obrador. 

Twitter vive de la economía de la atención. Su capacidad de generar ingresos es proporcional a la capacidad de mantener a los usuarios enganchados, para mostrarles publicidad o recabar datos sobre sus hábitos de consumo para luego revenderlos.

La psicóloga Sherry Turkle celebró en los noventa la incorporación en la vida de las personas de las tecnologías digitales para la información y la comunicación. Para Turkle, internet era una herramienta que fortalecería los lazos sociales, fomentaría la empatía y la solidaridad. Esta doctora de Harvard llevaba años estudiando los efectos de las tecnologías en la psicología de las personas. La revista Wired, la biblia de Silicon Valley fundada por el pontífice tecnológico Nicholas Negroponte, le dedicó una portada en 1996.

Pero Turkle vivió una epifanía en sentido contrario. En Reclaiming conversation de 2015, Turkle se presentó como una arrepentida e inició su libro con una confesión: me equivoqué, fui demasiado optimista: internet no se convirtió en lo que yo pensé y, en muchos casos, nos ha aislado de la vida social, ha reducido la empatía y afectado la solidaridad.

Hoy la vida digital ocurre entre noticias falsas, linchamientos públicos, extracción de datos personales, manipulación psicológica, burbujas informativas y mucho mucho ruido. Tanto tanto ruido. Las redes sociales también producen efectos psicológicos y reacciones químicas en el cerebro. Una de ellas es la producción de dopamina: los usuarios esperan interacciones a sus publicaciones en redes, más clics, más alcance, más retuits, más comentarios, más seguidores. Y la dopamina también puede fomentar una radicalización del discurso.

Twitter se está utilizando para maximizar la polarización y no nos deja tiempo de pensar en otra cosa, en leer, en divertirnos, en relajarnos, incluso en bajar la guardia.

Cerrar Twitter un mes puede funcionar para reducir la carga emocional. Son cuatro semanas de desintoxicación, sólo como ejercicio para comprobar que incluso físicamente se obtendrán resultados satisfactorios. Y ni qué decir sobre la recuperación del tiempo propio, para dedicarlo a otras cosas.

No es una propuesta para cerrar definitivamente nuestras redes y destruir nuestros teléfonos; tampoco quiero romantizar con la idea de que podemos resistir esta nueva colonización: estamos obligados. Lo que quiero es proponer un ejercicio individual para que cada quien distinga el estrés que provoca Twitter —y también Facebook, pero esta es una historia distinta, que exige una receta distinta— y sus consecuencias en el ánimo de los usuarios.

Y si el ejercicio no funciona, tampoco se habrá perdido nada. 

Este artículo se publicó en El Economista el 7 de febrero de 2021.

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