Foto original de Aquistbe, publicada en Flickr con una licencia CC BY-NC-ND 2.0.

Somos la primera generación global y desde que iniciamos nuestra corta vida laboral, hace poco más de una década, hemos vivido dos grandes crisis (2009 y Covid-19) que destrozaron el empleo juvenil. Las recesiones económicas han provocado grandes interrupciones en la vida laboral de los cotizantes afectando la acumulación de riqueza.

Jóvenes educados y formados durante 30 años que crecimos en la abundancia: becas, viajes baratos, dispositivos electrónicos…

Un grupo heterogéneo, pero con elementos en común que nos identifican más de lo que creemos. Nos decían que cualquiera podría fundar un conglomerado transnacional digital con sólo dos elementos: esfuerzo y deseo. Hoy sabemos que la realidad es que las estructuras empresariales y los apellidos en los puestos directivos siguen siendo los mismos.

Nuestro ideal fue independizarnos en torno a los 25, acabando la universidad, pero las estadísticas señalan que en promedio sucedió a los 30. A esa edad, nuestros padres ya tenían su propia casa y familia.

Muchos de nuestra generación hicieron viajes exóticos (islas tropicales, cruceros…) durante su luna de miel o con amigos, mientras que nuestros progenitores con suerte pudieron salir del país por destinar sus recursos a la hipoteca.

Ahora que ya somos independientes, queremos mantener un estilo de vida que se encuentra por encima de nuestras posibilidades económicas. Poder seguir viajando todos los fines de semana, salir a cenar fuera varios días por semana o no privarnos de la cervecita por la tarde con los amigos. Vemos a años luz los sacrificios que hicieron nuestros padres y abuelos cuando tenían 30 años.

Algunos queremos tener hijos, pero otros no quieren procrear en un mundo que ven muy incierto y con enormes riesgos, que ahora se podría decir que se confirman.

El Estado de bienestar en Europa desaparecerá tal y como lo conocemos en los próximos 30 años. Mientras que, por desgracia, gran parte de los países de Latinoamérica siguen sin conseguir construirlo para sus ciudadanos.

La crisis del Covid-19 está llevando a los sistemas de salud a límites insospechados y, en muchos casos, quebrándolos: falta de camas hospitalarias, medicamentos contra el cáncer…

Esta generación que se encuentra en los 30 se da cuenta de que las pensiones garantizadas por el Estado serán una utopía cuando se jubilen. Muchos han entrado en una dinámica de sueldos precarios y rotación de la que difícilmente saldrán sin políticas públicas adecuadas. Aunque hay una vía de salida adicional: ¡sus herencias!

En la próxima década, se iniciará la mayor transferencia de riqueza generacional de la historia, entre babyboomers y millennials. Según la inmobiliaria Coldwell Banker, sólo en Estados Unidos se calcula en 68,000 millones de dólares. En los países europeos mediterráneos, dado que los que el babyboom fue más tardío que en Estados Unidos y cuentan con una mayor esperanza de vida, concluirá en 2060.

Repito el dato porque es importante: la mayor transferencia de riqueza de la historia se producirá en los próximos 30 años. La transferencia será de una generación que aprendió a base de sufrimiento y esfuerzo a una generación que ha tenido pocas oportunidades y no siempre las ha logrado aprovechar.

Existen dos retos enormes para los Estados: conseguir aprovechar socialmente esa transferencia y no generar más disrupciones. Claramente hay dos puntos de partida para diseñar políticas públicas: los que reciban herencia y los que no.

Para aquellos que sean agraciados y tengan una herencia familiar, el reto será saber gestionarla y aprovecharla. Algunos caerán en la tentación de dilapidarla, pero eso no sólo les afectará a ellos, tendrá consecuencias nacionales, regionales y globales. Que quede claro: los Estados están o deberían estar tan interesados en que los ciudadanos conserven riqueza como los propios ciudadanos. Por otro lado, hay un grupo grande que personas que no tendrán esa suerte. Ahí es clave que el Estado dé las herramientas, con políticas incluyentes, para que no perpetúe esa disparidad de falsa “genética”. Los que estamos en los 30 debemos adaptarnos a nuestra realidad, por difícil que sea, y aprovechar que todavía estamos en el sexto lustro para sacar a relucir el potencial de una generación a la que le quedan al menos tres décadas de vida laboral.

Alejandro Cubí es Director de Desarrollo de Negocio e Internacional en Tirant lo Blanch.

Twitter: @Alejandro_Cubi

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