Foto original de Zulleyka Hoyo para El Economista.
Un hombre descansa en un parque público de la Ciudad de México. Foto original de Zulleyka Hoyo para El Economista.

Dos horas de tiempo discrecional por día son suficientes para que las personas se digan satisfechas con sus vidas, concluye el estudio The Effects of Being Time Poor and Time Rich on Life Satisfaction (algo como Los efectos de ser pobre de tiempo y rico en satisfacción de vida), realizado por académicos de la Universidad de Pennsylvania y de la Universidad de California en Los Ángeles. En caso de superar este umbral, y contrario a lo que el sentido común pudiera dictar, las personas reportan insatisfacción con los excedentes de tiempo libre, agrega el estudio.

La investigación parte de la problematización de si es posible tener demasiado tiempo discrecional, pregunta pertinente en una época en que las personas reportan contar cada vez con menos tiempo libre, mientras sus jornadas laborales se alargan y sus demás obligaciones aumentan.

Los académicos Marissa A. Sharif, Cassie Mogilner y Hal E. Hershfield analizaron los datos de 13,639 estadounidenses que contaban con trabajo remunerado o con un negocio que produce ingresos y que participaron en el National Study of the Changing Workforce (NSCW) entre 1992 y 2008. En concreto, se avocaron a las respuestas a dos preguntas de las encuestas: “En promedio, en los días en que está trabajando, ¿cuántas horas [minutos] pasa en sus propias actividades de tiempo libre?” y “¿Cómo se siente acerca de su vida en estos días? ¿Diría que se siente muy satisfecho = 1, algo satisfecho = 2, algo insatisfecho = 3 o muy insatisfecho = 4?”).

Por tiempo discrecional —término acuñado en los estudios del bienestar— se debe entender la cantidad de tiempo disponible para realizar libremente las actividades que cada persona considera valiosas.

Una definición negativa ayudará a precisarle. Se trata de la cantidad de tiempo que resta luego del que se emplea al día en las necesidades corporales (dormir, comer), las financieras (jornada de trabaja asalariado), y las del hogar (limpieza, cuidado de los hijos), y que puede ser empleado en la forma que se desee. Esta definición es tomada de la cita que hace la economista Araceli Damián en su ensayo titulado “Tiempo discrecional” del libro Discretionary Time. A New Measure of Freedom.

El estudio de Sharif et al. dice a la letra: “El tiempo discrecional no es simplemente el tiempo que está fuera de los restos del trabajo remunerado; en todo caso es la parte de las horas de vigilia de las personas que dedican a hacer lo que quieren”. El problema es entonces el deseo (“hacer lo que quieren”), que se ha conducido al trabajo productivo, haciéndolo ajeno al ocio.

Los resultados del estudio, si bien subvierten la idea de que es mejor contar con la mayor cantidad de tiempo libre, se corresponden con la realidad actual.

Foto de MIKI Yoshihito, tomada de su cuenta en Flickr. La imagen tiene una licencia CC BY 2.0

Un ensayo publicado en The Atlantic en febrero pasado expone la existencia de una idea que va ganando en extensión y que gira en torno a la construcción de uno mismo, y que es más visible entre los profesionales estadounidenses de altos ingresos: el workism (cuya posible traducción sería laborismo). Derek Thompson, autor del ensayo, explica que workism “Es la creencia de que el trabajo no sólo es necesario para la producción económica, sino también la pieza central de la identidad y el propósito de la vida, y la creencia de que cualquier política para promover el bienestar humano siempre debe alentar más trabajo”.

Bajo esta concepción, el tiempo libre es una amenaza a la propia identidad. De ahí que contar con más tiempo de ocio del que pudiera hacerse encajar en labores productivas produzca ansiedad. El excedente de tiempo sin producir amenaza aquello sobre lo que se asienta la construcción de sentido de la vida y de la imagen de sí. Disloca la acción estructurada de estos empresarios de sí mismos.

Adictos al trabajo

El workism al que se refiere Thompson está compuesto de personas pertenecientes a los más altos estratos sociales, grupo que se caracteriza(ba) por disponer de más tiempo libre que cualquier otro grupo social o de clase. “Hoy en día, es justo decir que los hombres estadounidenses de élite se han transformado en los principales adictos al trabajo del mundo, que trabajan más horas que los hombres más pobres Estados Unidos”, escribe Thompson.

Se puede deducir que el análisis del workism se enfoca en los estratos más altos de ingreso donde la particularidad del fenómeno es más clara, dado que en los medios y bajos en ámbitos urbanos el tiempo debe dedicarse en su mayoría a asegurarse la subsistencia. Pero no es privativo de este sector.

Con todo, el tiempo libre como sacrilegio obrado contra el trabajo —y el progreso aparejado a éste— no es una idea producto de nuestra época. Su vindicación tampoco lo es. Ya en 1880, Paul Lafargue escribió en su ensayo El derecho a la pereza lo siguiente:

“Convencer al proletariado de que los propósitos que se le han inculcado son perversos; que el trabajo desenfrenado al cual se ha entregado desde principios de siglo es el más terrible azote que jamás ha castigado a la humanidad, y que el trabajo se convertirá en un condimento de los placeres de la pereza, es una tarea ardua y superior a mis fuerzas”.

¿Cómo explicar entonces esta renuncia al tiempo libre, cuya disponibilidad distinguía a los ricos de los pobres? Es un efecto de la psicopolítica, dirá el filósofo Byung-Chul Han. La psicopolítica es un sistema de control sutil, que supera al poder opresor (físico) en eficacia al ejercer poder seductor, inteligente, que consigue que cada uno se someta por sí mismo al entramado de dominación. No necesita que alguien que le mande o explote. Dueño de sí, a fin de mantener la producción, se autoexplota para cumplir los dictados introyectados de éxito y prestigio.

Foto de MIKI Yoshihito, tomada de su cuenta en Flickr. La imagen tiene una licencia CC BY 2.0

Ascetas de la autoexplotación, puristas de la productividad y el éxito. Jorge Luis Borges, el divino ciego austral, relata en su ensayo sobre el místico sueco Emanuel Swedenborg la aversión de éste a los eremitas, hombres que se apartaban a terrenos yermos para, en plena soledad, hacerse merecedores del Paraíso. El místico, cuyas visiones de los planos ultraterrenos se relatan en su Del cielo y el infierno, refiere que los ascetas, al entrenarse en vida para la soledad no pueden “seguir la conversación de los ángeles ni penetrar las complejidades del Paraíso”. Incapaces de disfrutar el plano para el que dedicaron la disminución de una vida para alcanzarlo, reciben en su lugar —por misericordia divina— el favor de proyectar una tierra solitaria e inhóspita en la cual pasar la eternidad.

Dirá Slavoj Zizek sobre el deseo: “Realmente no queremos lo que pensamos que deseamos”.

Este artículo originalmente se publicó en El Economista el 17 de marzo de 2019.

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