Paseo de las cadenas en una noche de luna, ilustración de G. Rodríguez en México y sus alrededores (1856).

El Paseo de las Cadenas, un espacio residual entre la Plaza Mayor y el atrio de la catedral de la Ciudad de México y “cobijado por frondosos fresnos, representó en la segunda mitad del siglo XIX capitalino un “ejercicio de exhibición colectiva”.

Ignacio Trigueros, alcalde municipal de la Ciudad de México, al emperador Maximiliano de Habsburgo, escribió lo siguiente para justificar la permanencia del Paseo de las Cadenas como un lugar público para realizar actividades:

“Comprendo que una necesidad instintiva la conduce a él [el Paseo de las Cadenas]. Nuestra sociedad carece de tertulias, de círculos en que la amistad se ensancha; solamente hay la diversión del teatro; pero no todas las familias se prestan a asistir a él o pueden cómodamente frecuentarlo: necesitan, pues, un punto de reunión inocente que les proporcione un descanso tranquilo de las fatigas del día, donde puedan sin necesidad de sujetarse a las caprichosas exigencias de la moda y a las embarazosas fórmulas de la alta sociedad, buscar el desahogo que apetecen.

“Los paseos no son objeto de mero lujo y ostentación […]; sirven para proporcionar al vecindario una expansión necesaria en medio de los negocios, benéfica para la salud, útil para el aseo, y manifiestan la cultura y civilización de un pueblo; también contribuyen a purificar el aire que se respira, neutralizando los efectos de las emanaciones pútridas que lo alteran”.

Zócalo de la Ciudad de México. Vue de la Grande Place a Mexico, 1797-1815.

También tenemos el otro extremo, el de la censura moral contra lo que se considera prohibido y pernicioso. Medio siglo antes de la carta de Trigueros, el licenciado Ignacio Francisco Toledo se quejó en 1796 ante las autoridades de la prostitución en la Plaza Mayor, o lo que el cronista Héctor de Mauleón llama “la moderna geografía del pecado” en la Ciudad de México:

“Cuando se retiraban las atoleras de leche y fruteras que con sus ocotes o luminarias alumbraban mientras andaban vendiendo, quedaba la plaza mayor enteramente obscura y como que no tenía puertas, se poblaba de mujeres rameras, que las más de ellas se ponían en los jacales de la frontera de palacio, para buscar y solicitar a los soldados de la guardia y otras que iban citadas por ellos, y al mismo tiempo varias que iban con indiferencia a dicho lugar, sabiendo que los hombres perdidos comúnmente las buscaban allí”.

Fuentes:

Contreras Padilla, Alejandra (2014). “The Night and Mexico City. La noche y la Ciudad de México”. Revista Bitácora Arquitectura, número 28, Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. México: UNAM. pp. 28-51

De Mauleón, Héctor (2010). El derrumbe de los ídolos. Crónicas de la ciudad. Ciudad de México: Ediciones Cal y Arena.

INAH (2014, 5 de diciembre). Esbozan configuración del Zócalo en el siglo XIX. Ciudad de México: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Recuperado de http://inah.mx/es/boletines/3585-esbozan-configuracion-del-zocalo-en-el-siglo-xix, el 15 de junio de 2018.

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